Reflexiones
Riesgos, beneficios y porcentajes: qué significan realmente los números de un tratamiento
En medicina usamos números todo el tiempo. Porcentajes de respuesta, riesgo de recaída, supervivencia, probabilidades de complicaciones, reducción de riesgo.
Los números son necesarios porque permiten comparar tratamientos y estimar qué podemos esperar de ellos. Pero también pueden resultar engañosos si no entendemos exactamente qué están describiendo.
Hay una frase que suelo utilizar con mis pacientes:
Los médicos podemos estimar bastante bien qué ocurrirá en un grupo de cien, mil o diez mil personas con características similares.
Somos mucho menos buenos para predecir qué ocurrirá con una persona individual.
Esa diferencia es fundamental para entender los números de un tratamiento.
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Entender los números sin quedar atrapados en ellos
En medicina usamos números todo el tiempo: porcentajes de respuesta, riesgo de recaída, posibilidades de curación, supervivencia. Son herramientas muy valiosas, pero hay algo importante que conviene entender desde el principio: la estadística describe grupos de personas, no escribe el futuro de una persona en particular.
Podemos saber, por ejemplo, qué ocurrió con cien personas que tenían una enfermedad y recibieron determinado tratamiento. A partir de esa experiencia podemos estimar qué es más o menos probable que ocurra con una persona nueva en una situación parecida. Pero no podemos saber de antemano en qué parte de ese grupo estará esa persona.
Por eso, un 20% de riesgo de recaída no significa que alguien vaya a recaer “un 20%”. Significa que, entre cien personas similares, aproximadamente veinte podrían tener una recaída y ochenta no. Ambas partes del número son importantes. Del mismo modo, una mediana de supervivencia de 18 meses no significa que una persona tenga 18 meses de vida. Es una forma de describir lo que ocurrió en un grupo, no una fecha de vencimiento individual.
Además, el pronóstico no es solamente cuánto tiempo se vive. También importa cómo se vive ese tiempo: si será posible trabajar, caminar, viajar, permanecer en casa o mantener las actividades que son importantes para cada uno.
No hace falta convertirse en experto en estadística para participar de una decisión médica. Lo importante es poder entender algunas preguntas básicas: ¿qué probabilidad hay de que algo ocurra?, ¿cuánto puede cambiar esa probabilidad con un tratamiento?, ¿qué costos o efectos adversos implica y cuánta incertidumbre existe?
Los números ayudan a tomar decisiones. No eliminan la incertidumbre. Y, sobre todo, no determinan la historia individual de nadie.
De cien personas como usted...
Supongamos una situación bastante habitual.
Una persona fue operada de un cáncer y, después de la cirugía, existe un riesgo de que la enfermedad vuelva. Se está considerando realizar un tratamiento adicional —lo que llamamos tratamiento adyuvante— para reducir ese riesgo.
Imaginemos que los datos disponibles muestran lo siguiente:
De cada 100 personas en una situación semejante, si después de la cirugía no hacemos ningún tratamiento adicional, en un seguimiento a 5 años:
20 tendrán una recaída a 5 años.
Ahora supongamos que, con el tratamiento adyuvante, en lugar de recaer 20 personas recaen 14, también a 5 años.
Eso significa que el tratamiento evita la recaída en 6 personas de cada 100.
Ése es el beneficio absoluto.
¿Qué ocurre entre esas 100 personas?
Ejemplo ilustrativo: el tratamiento cambia el resultado de 6 de cada 100 personas.
aun sin tratamiento
gracias al tratamiento
al tratamiento
Cada punto representa una persona. No podemos saber de antemano a qué grupo pertenecerá una persona concreta.
Figura 1. Ejemplo ilustrativo sobre 100 personas a 5 años: 80 no recaerían aun sin tratamiento, 6 evitan una recaída gracias al tratamiento y 14 recaen pese a recibirlo. Cada punto representa una persona. Los puntos son ilustrativos: no identifican a personas reales ni permiten saber quién estará en cada grupo.
Hay algo más difícil de explicar.
No sabemos si una persona determinada es una de las 80 que no iban a recaer a 5 años, una de las 6 que se beneficiarán específicamente del tratamiento o una de las 14 que recaerán a pesar de recibirlo.
Podemos estimar con bastante precisión lo que ocurrirá con esas cien personas.
Lo que no podemos saber con la misma precisión es en qué grupo estará nuestro paciente.
Y precisamente por eso la decisión es difícil de tomar.
Riesgo absoluto y riesgo relativo no cuentan la historia de la misma manera
Los mismos datos pueden presentarse de diferentes formas.
En el ejemplo anterior, el riesgo de recaída disminuyó de 20% a 14%.
Eso puede expresarse diciendo:
O:
Como esos 6 casos representan el 30% de las 20 recaídas que esperábamos inicialmente, también puede decirse:
Las tres frases describen los mismos datos.
Sin embargo, no producen necesariamente la misma impresión.
“Reduce el riesgo un 30%” puede sonar como un beneficio muy grande. Pero lo que realmente ocurrió fue que el riesgo pasó de 20 de cada 100 a 14 de cada 100.
Por eso, cuando tengo que explicar el beneficio de un tratamiento, prefiero hacerlo en términos absolutos.
No porque el riesgo relativo sea incorrecto. Es una medida estadística válida.
El problema aparece cuando se presenta sin explicar cuál era el riesgo inicial y cuánto cambia realmente con el tratamiento.
Empezar por lo que va bien también importa
Cuando explico estos números suelo empezar por las personas a las que les va bien.
En el ejemplo anterior digo:
Después explico qué ocurre con las restantes.
No se trata de ocultar la posibilidad de recaída.
Se trata de mostrar el panorama completo.
La misma información puede escucharse de manera muy diferente si comenzamos diciendo:
que si decimos:
Las dos frases son ciertas.
Pero las personas no procesamos los números de manera completamente neutral. La forma de presentar una probabilidad también influye en cómo la percibimos.
Por eso es importante intentar mostrar ambas caras de la información.
Una probabilidad no es una predicción individual
Supongamos ahora que un tratamiento produce respuesta en el 60% de los pacientes.
Eso significa que, en poblaciones parecidas a la que se estudió, responde algo más de la mitad de las personas.
Si eso es mucho o poco depende del contexto clínico de cada situación.
Pero no significa que una persona vaya a responder “un 60%”.
Una persona va a responder o no va a responder.
El 60% describe al grupo.
No identifica de antemano quién estará entre quienes responden.
Esta distinción parece elemental, pero es una de las razones por las que los porcentajes pueden generar tanta confusión.
El número nos ayuda a saber si vale la pena intentar un tratamiento.
No nos permite garantizar cuál será el resultado individual.
No hace falta entender toda la estadística para tomar una decisión
Los pacientes no necesitan aprender bioestadística para participar en sus decisiones médicas.
Muchas veces, introducir demasiados números dificulta la comprensión en lugar de mejorarla.
Algunas personas se sienten cómodas con porcentajes.
Otras entienden mucho mejor una frase como:
O:
Por eso suelo intentar averiguar qué formato resulta más comprensible para cada persona.
A veces utilizo números.
A veces palabras.
Muchas veces combino ambos.
Lo importante no es que el paciente pueda reproducir el cálculo estadístico.
Lo importante es que comprenda la magnitud aproximada del beneficio y la incertidumbre que existe alrededor de esa estimación.
Una mediana de supervivencia no es una fecha de vencimiento
Otro número que suele generar mucha confusión es la mediana de supervivencia.
Supongamos que alguien lee que la mediana de supervivencia de una determinada situación es de 18 meses.
Es muy frecuente que interprete:
No significa eso.
Si la mediana de supervivencia es de 18 meses, quiere decir que, en la población estudiada, la mitad de las personas vivió más de 18 meses y la otra mitad vivió menos.
Nada más.
No significa que todos vivan aproximadamente ese tiempo.
No significa que alguien vaya a morir en el mes 18 o 19.
Y no permite saber en qué mitad estará una persona individual.
Por eso las medianas son muy útiles para describir poblaciones y comparar tratamientos, pero pueden ser difíciles de utilizar para responder la pregunta que realmente preocupa a una persona:
Cuando alguien pregunta “¿cuánto tiempo me queda?”
Ésta es una de las preguntas más difíciles de una consulta.
Cuando un paciente me la hace, muchas veces antes de contestar pregunto:
No es una forma de evitar la respuesta.
Es una manera de entender qué está preguntando realmente.
Puede querer saber si tiene tiempo para hacer un viaje.
Puede querer ordenar cuestiones económicas.
Puede necesitar hablar con alguien.
Puede estar pensando si continuar trabajando.
O puede simplemente querer saber si estamos hablando de días, meses o años.
A veces una respuesta útil no es una cifra precisa.
Puede ser:
O:
Las estimaciones pronósticas tienen inevitablemente incertidumbre.
Dar una cifra exacta cuando no podemos conocerla no vuelve a la información más científica. Sólo le da una apariencia de precisión que quizá no tenga.
El pronóstico no es solamente cuánto tiempo
Cuando alguien pregunta por su pronóstico, muchas veces no quiere saber únicamente cuánto tiempo puede vivir.
También quiere saber cómo puede ser ese tiempo.
¿Voy a poder seguir trabajando?
¿Voy a poder caminar?
¿Voy a poder viajar?
¿Voy a poder vivir en mi casa?
¿Voy a necesitar ayuda?
¿Es probable que la enfermedad cambie lentamente o puede hacerlo de manera rápida e imprevisible?
Por eso el pronóstico tiene varias dimensiones.
Una es el tiempo.
Otra es la función.
Y otra es cuánta incertidumbre existe sobre cómo va a evolucionar la enfermedad.
Para algunas personas saber cómo probablemente estarán durante los próximos meses es mucho más importante que conocer una mediana de supervivencia.
La incertidumbre también forma parte de la información
Muchas personas viven los números médicos como si fueran una sentencia.
No deberían serlo.
Hay cosas que sabemos con bastante precisión sobre cientos de pacientes y otras que son imposibles de anticipar con certeza para una persona individual.
Eso también hay que decirlo.
No para eludir una respuesta, sino porque forma parte de la realidad.
En una enfermedad seria, además, la incertidumbre no desaparece completamente.
Puede disminuir después de un estudio, de una cirugía o cuando vemos cómo responde un tratamiento, pero suele reaparecer en distintos momentos.
Con el tiempo, muchas personas desarrollan mecanismos que les permiten convivir con ella.
La incertidumbre deja de ocupar permanentemente el centro de la escena.
Se vuelve posible vivir el presente, hacer planes y ocuparse de otras cosas.
Y, de tanto en tanto, vuelve.
Aprender a manejarla también forma parte del proceso de atravesar una enfermedad importante.
¿Hay que corregir siempre el optimismo?
No necesariamente.
Las personas utilizamos distintos mecanismos para adaptarnos a una situación amenazante.
En algunas personas cierto grado de optimismo les permite continuar con su vida, sostener sus actividades y realizar adecuadamente sus tratamientos.
Si ese optimismo es funcional, no veo necesariamente una razón para desmontarlo.
El problema aparece cuando la persona está tomando decisiones importantes basándose en una comprensión equivocada de la situación.
Por ejemplo, si cree que un tratamiento tiene una alta posibilidad de curarla cuando en realidad su objetivo es obtener unos meses de control, esa diferencia sí puede modificar una decisión.
En esas situaciones es necesario volver a conversar.
No se trata de eliminar la esperanza.
Se trata de que la esperanza pueda coexistir con una comprensión suficientemente realista como para tomar decisiones.
Números, palabras y dibujos
No todas las personas entendemos igual la información.
Hay pacientes que prefieren números.
Otros prefieren expresiones cualitativas.
Y otros comprenden mucho mejor cuando pueden verlo gráficamente.
En el consultorio a veces dibujo una barra que representa cien personas.
Marco de una forma a quienes ya están curados con la cirugía.
De otra, a quienes recaerían.
Y dentro de ese grupo señalo a quienes evitarían la recaída gracias al tratamiento.
No es un gráfico sofisticado.
Pero muchas veces permite ver en pocos segundos algo que resulta difícil explicar sólo con porcentajes.
Las imágenes pueden ayudar, pero tampoco existe un formato universal.
Lo importante es encontrar una forma de comunicación que esa persona pueda utilizar.
Tampoco todo tiene que entenderse en una sola consulta
Especialmente en una primera consulta, llega un momento en que la capacidad para incorporar información se satura.
La persona puede estar escuchando simultáneamente un diagnóstico, un pronóstico, alternativas terapéuticas, efectos adversos y decisiones que nunca imaginó que tendría que tomar.
No es realista esperar que todo quede perfectamente comprendido ese día.
Cuando tengo la sensación de que una persona ya no puede incorporar más información, intento identificar qué necesita quedar claro en ese momento.
Por ejemplo:
- qué enfermedad tiene;
- para qué hacemos el tratamiento;
- qué tiene que hacer ahora;
- y cuál es el próximo paso.
El resto puede volver a conversarse.
Una enfermedad seria genera muchas conversaciones, no una sola.
¿Qué debería entender realmente un paciente?
No hace falta recordar todos los porcentajes.
Tampoco hace falta saber interpretar un hazard ratio, una curva de supervivencia o cada resultado estadístico de un ensayo clínico.
Antes de tomar una decisión, probablemente sea suficiente poder responder algunas preguntas:
- ¿Cuál es aproximadamente mi riesgo actual?
- ¿Cuánto cambia ese riesgo con el tratamiento?
- ¿De cada 100 personas como yo, aproximadamente cuántas se benefician?
- ¿Qué significa concretamente que el tratamiento “funcione”?
- ¿Qué cosas sabemos con bastante certeza y cuáles no podemos predecir para mí?
- ¿Estos números cambian lo suficiente el resultado como para que el tratamiento tenga sentido para mí?
Los números ayudan a decidir, pero no deciden
La estadística es una herramienta extraordinariamente poderosa.
Sin ella sería imposible saber qué tratamientos funcionan y cuáles no.
Pero tiene límites.
Puede decirnos bastante bien qué ocurre con grandes grupos de personas.
No puede decirnos con certeza qué ocurrirá con una sola.
Por eso los números deberían ayudar a una persona a comprender una decisión, no transformarse en una sentencia sobre su futuro.
Y, al final, eso es lo que necesitamos entender cuando hablamos de riesgos, beneficios y porcentajes.
Dra. María Viniegra
Médica especialista en Oncología Clínica
Actualizado: septiembre de 2026
Este contenido brinda información general y no reemplaza una evaluación médica individual.
Si quiere conversar sobre su situación particular, puede escribir por email.